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Fundamentar - Artículos https://www.fundamentar.com Mon, 28 Nov 2022 15:27:51 -0300 Joomla! - Open Source Content Management es-es Lula vs Bolsonaro: entre la polarización y las expectativas https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6740-lula-vs-bolsonaro-entre-la-polarizacion-y-las-expectativas https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6740-lula-vs-bolsonaro-entre-la-polarizacion-y-las-expectativas Lula vs Bolsonaro: entre la polarización y las expectativas

La victoria obtenida por Luiz Inácio Lula da Silva en el ballotage de las elecciones presidenciales brasileñas, será recordada como un hito en muchos más sentidos que el meramente político. Su centralidad a nivel internacional dio cuenta de las expectativas por el cambio de color político y las consecuencias a nivel interno y externo en un país de relevancia. Pero también sirvió para evocar, tal como un plot twist digno de una buena serie, la llegada al poder de un personaje que hace tan solo dos años estaba preso en una cárcel de Curitiba.

Y, para hacerlo más místico, tras mil y una tribulaciones, gana la elección por poco más de un punto y medio porcentual. No obstante, y aunque hayan pasado más de diez años, el recuerdo de sus éxitos tras dos períodos de gobierno ha jugado un papel fundamental a la hora de explicar este triunfo, por lo que uno de los desafíos inmediatos será moverse en otro tiempo político muy distinto. Sin embargo, la victoria de Lula no se explica solamente por los viejos éxitos de su gestión, sino también por factores que dieron cuerpo a la elección más polarizada de la historia brasileña.

Un primer factor resalta a la vista con solo mirar un mapa con la composición de votos por estados, con un Sur completamente dominado por el bolsonarismo y un Noreste en donde Lula no tuvo competidor. En este escenario, donde las diferencias de voto entre uno y otro candidato se anulan entre sí, entra en juego un segundo factor: las diferencias en estados claves. Así, Minas Gerais, que en estas elecciones fue prácticamente un swing state, volvió a constituirse en el estado testigo de la segunda vuelta, con resultados favorables a Lula —que reflejaron como un calco la diferencia de votos a nivel nacional—.

Por otro lado, el hecho de que la victoria de Bolsonaro en el estado de Sao Paulo fuera por una diferencia menor a la esperada, permitió que los estados con mayor predominio petista le otorgaran la exigua diferencia de dos millones de votos (1.7 puntos) que implicó, a la postre, la victoria de Lula.

Esto último nos lleva al tema de las encuestas. Si los resultados de la primera vuelta fueron los de un acierto a medias, en la medida en que los guarismos fueron mucho más precisos con Lula pero no captaron la capilaridad del bolsonarismo a nivel del electorado, en la segunda vuelta ocurrió exactamente lo mismo. Mientras Lula creció poco más de un punto entre la primera vuelta y la segunda, Bolsonaro creció casi seis puntos, por poco llegando a descontar la diferencia entre ambos a principios de octubre.

Esto debería servir para confirmar algunas nociones a futuro. La primera es que el bolsonarismo está definitivamente arraigado como fuerza en Brasil, y llegó para quedarse. Pareciera que las encuestas no captaron con precisión el nivel del apoyo con el que contaba (y sigue contando) Bolsonaro. Un segundo punto es que los candidatos que quedaron afuera del ballotage no son dueños de sus propios votos.

En una elección donde el electorado estaba fuertemente consolidado a favor de uno u otro candidato, el electorado que optó por terceras opciones (Simone Tebet o Ciro Gomes) decididamente fue a contramano de la bajada de línea de sus dirigentes. Esto no sólo prueba el punto anterior, sino que da cuenta de que el antipetismo es un sentimiento fuerte dentro del voto bolsonarista, que tiene cómo canalizarse electoralmente y que será un punto a considerar en el turbulento contexto social que se le avecina a Lula.

Un tercer punto nos lleva a la relación de fuerzas en el Congreso. La alianza de amplio espectro urdida por Lula ha servido para ganar por la mínima en la segunda vuelta, pero deberá probar su eficacia en un Congreso donde el bolsonarismo duro tendrá un papel relevante como primera fuerza en la cámara baja. Este elemento constituye una variación significativa en el contexto de una correlación de fuerzas similar a la legislatura surgida en las elecciones de 2018.

En este sentido, una incógnita será el papel que cumplirán las mayorías informales (las triple B) que fungieron como apoyos parlamentarios para Bolsonaro. En este punto, las formas políticas propias del presidencialismo de coalición serán fundamentales para sustentar el programa de gobierno llevado adelante por Lula, con el Centrão y el PDMB como actores fundamentales en una trama vital para cualquier proyecto político que se proyecte a futuro.

Más allá de los armados políticos, esta elección, y el tiempo mediato después de ella, estará signada por las narrativas electorales imperantes en la campaña electoral. Así, el binomio democracia vs autoritarismo sostenido por el PT se enfrenta, en una especie de tercer tiempo de largo espectro, con su opuesto entre libertad vs comunismo.

Si bien el primero de ellos se impuso en virtud del resultado electoral, las movilizaciones por parte de militantes bolsonaristas que no aceptan el resultado de las urnas sugieren que la díada sostenida por Bolsonaro continúan vigentes y propone un desafío inédito para el gobierno entrante: cómo enfrentar a los sectores más radicalizados, atravesados por otras narrativas —las de la posverdad— y que a estas horas se manifiestan en los cuarteles buscando la intervención del ejército. En este sentido, y tal como quedó plasmado en Estados Unidos con el asalto al Capitolio, lo que parece haberse roto es el pacto social por el cual los que pierden reconocen el resultado y no cuestionan el sistema electoral.

Siguiendo esta línea argumental, Bolsonaro no ha reconocido ni una ni otra. Su silencio por largas 48 horas y su declaración posterior ante la prensa —que abrió la puerta al proceso de transición—, estuvieron plagadas de mensajes contrapuestos. Mientras validó los cortes de ruta (cuya desobstrucción pidió recién el miércoles a la noche), esperaba apoyos institucionales que no se dieron, como los del sector empresario, el del agronegocio y, sobre todo, el de personalidades afines a su núcleo político, quienes reconocieron —con distintos tonos— la victoria de Lula, haciendo más pronunciado el aislamiento relativo de Bolsonaro tras la derrota.

Esto último hizo pensar en una división entre el bolsonarismo electoral y el institucional, e incluso se especula en una división dentro del propio Partido Liberal entre un sector afín a colaborar con el gobierno entrante y otro refractario a ello. En cierto sentido, Bolsonaro quedó prisionero de sus propios movimientos políticos. Reconocer la victoria de Lula implicaba alienarse de sus votantes, sobre todo de su núcleo duro. Incluso el llamado a desobstruir las rutas fue tomado por su militancia como otra fake news.

Como sea, todo esto no invalida el carácter de Bolsonaro como líder de la oposición futura, y los desafíos orbitarán en el orden de cómo articular tanto con los sectores radicales que apoyan su narrativa, como con el bolsonarismo institucional que acata las reglas del juego político.

Los discursos de Lula da Silva, al certificarse su victoria, orbitaron sobre aquella narrativa vencedora, pero además sirvieron para reinaugurar un tono mesurado y programático opuesto al predominante bajo la administración Bolsonaro. Al desafío social que supone (volver a) sacar a Brasil del mapa del hambre y poner el medioambiente en el centro, se le suma el retorno al mundo y la voluntad de jugar fuerte en espacios como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y los BRICS.

Si bien es cierto que el armado electoral amplio que le resultó indispensable para ganar la segunda vuelta puede condicionar algunas de sus propuestas de base, no menos cierto es que la propia figura de Lula funge como capital a la hora de reestablecer relaciones con actores de relieve en temas centrales como los mencionados, en un esperado retorno de aquella política activa y altiva que caracterizó su período anterior. La pregunta es si el conflicto interno se superpondrá a su papel como actor internacional global, en un mundo que no es el de 20 años atrás cuando asumió su primera presidencia.

Tal vez el condicionante más importante a superar sean las percepciones del mundo. En una arena internacional agitada por la guerra en Ucrania, la disputa entre Estados Unidos y China y variados conflictos regionales, el margen de maniobra con el que cuenta Lula será mucho menos permisivo y mucho más coactivo en función de las expectativas de los principales poderes respecto a cómo el nuevo gobierno se posicionará en torno a este escenario. De cualquier forma, si a nivel interno regresa la política, en lo externo el Norte mundial espera a Lula. Y no sólo las grandes potencias.

Nuestra región cuenta por primera vez un contexto de coincidencia ideológica por parte de los tres países rectores de la región, a los cuales se suma Chile y Colombia. En un retorno de una marea rosa —claramente distinta a la primera— el potencial de interlocución política es prometedor en un mundo que tiende a regionalizarse y cerrarse sobre sí mismo. De esta forma, a la mayor densidad institucional (reformateo de UNASUR, mayor perfil de CELAC, redefiniciones del papel de MERCOSUR) se le suma el desarrollo en nuevas tecnologías, la interconexión logística regional, el papel central en cuestiones medioambientales y un rol más activo de la industria.

Finalmente, y por fuera de los desafíos y los imperativos políticos que enfrentará el viejo líder, es interesante tratar de interpretar qué expresa realmente el retorno de Lula. Tal vez, parte de la respuesta esté en las diadas a las que nos referíamos anteriormente. Hace 20 años el debate se centraba en la discusión entre Estado y Mercado, y la victoria de Lula en 2002 se daba en el marco de la retirada del neoliberalismo regional. El escenario presente es muy distinto y mucho más desafiante, con una extrema derecha definitivamente enraizada en Brasil, con representantes en varios de sus vecinos.

Quienes abogaron por el fin de la historia ven refrendado su error: las ideologías importan, y esta dimensión es la que sustenta la díada democracia vs autoritarismo, la cual vuelve a tener vigencia luego de 40 años en otro contexto. En este marco, Lula y Bolsonaro prometen ser los protagonistas de una disputa política tensada al máximo, pero eso será materia para los meses que vendrán. Lula ha vuelto, y la región —y el mundo— respiran aliviados.

(*) Gisela Pereyra Doval es Doctora en Relaciones Internacionales (UNR). Investigadora del CONICET y Profesora de Problemática de las Relaciones Internacionales (UNR) Argentina. Sígala en @DovalGisela

(**) Emilio Ordoñez es Investigador, analista internacional en el portal Fundamentar.com y columnista radial en diversas emisoras de Argentina y el extranjero. Sígalo en @eordon73 

FUENTE: El Sol de Cuernavaca

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hola@fundamentar.com ( Gisela Pereyra Doval (*) y Emilio Ordoñez (*)) Opinión Sat, 12 Nov 2022 10:49:44 -0300
A rodar https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6737-a-rodar https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6737-a-rodar A rodar

"Y a rodar mi amor,
yo no sé dónde va,
yo no sé dónde va mi vida
Yo no sé dónde va, pero tampoco creo que sepas vos.
Quiero salir, sí­, yo quiero vivir,
y quiero dejar, una suerte de señal…"

A rodar mi vida - Fito Páez

“A río revuelto, ganancia de pescadores” afirma el dicho popular. Y, lentamente, la política argentina parece entrar en clave 2023 con el dato significativo de que, a exactamente un año de lo que será la elección general, no queda del todo claro cuáles serán los nombres propios que protagonizarán la compulsa que, irremediablemente, modificará el actual escenario post pandemia.

La última semana de octubre tuvo de todo, “como en botica”: presentación de libro, centralidad del Congreso de la Nación, la discusión a la distancia sobre la supresión de las PASO y un acuerdo económico internacional nada desdeñable. Pasen y vean.

La semana comenzó bien arriba. Mauricio Macri presentó su libro “Para qué” acompañado del provocador Pablo Avelutto en un contexto donde volvió a demostrar su referencia y, de alguna manera, su condición de jefe político al lograr que lo más granado de Propuesta Republicana se hiciera presente allí en la Sociedad Rural, con Horacio Rodríguez Larreta incluido.

Emulando a la actual vicepresidenta, quien supo ganar centralidad política recorriendo el país con la presentación de “Sinceramente”, Macri va por su segundo libro. Si en el anterior la apuesta se sintetizaba en una hipotética candidatura, en este el escenario ya no está tan claro en cuanto a las intenciones.

De sus últimos movimientos, todo parece indicar que el hijo de Franco intentará mostrarse como el gran referente de Juntos por el Cambio, una especie de parteaguas que tenga poder real antes que formal y que sirva como condicionante de un hipotético gobierno amarillo a partir de diciembre del año próximo. La figura de “El padrino” del dúo Puzo – Coppola, al que todos acudían para buscar su bendición, no deja de tener cierta justeza.

Para una hipotética candidatura, Macri necesitaría de un fenómeno de amnesia colectiva que haga olvidar los enormes desaciertos de su gobierno. No se trata sólo de cuestionar aquello que la administración del Frente de Todos no esté haciendo bien o, decididamente, esté haciendo mal, sino que el alto porcentaje de imagen negativa que ha sabido cosechar, no permite ni el más mínimo despegue de su figura. Una cosa es propalar ciertas ideas que puedan parecernos “modernas” (pre modernas para el interpretar del suscripto), que vengan acompañadas con un buen packaging, y una buena dosis de impunidad mediática, y otra muy distinta es que el vocero y representante de una clase social que siempre se las ha ingeniado para servirse de un Estado al que denostan, sea además el responsable de varios récords de una pésima gestión económica para el conjunto de los argentinos, pretendiendo ser candidato en una elección general.

Sí se le debe conceder a Macri la capacidad para instalar ciertos discursos. No tanto por su sagacidad política que, a no equivocarse, vaya si la tiene; sino por la enorme capacidad de crear agenda que en el país tiene buena parte de la derecha.

Tanto es así, que sus diatribas contra Aerolíneas Argentinas, empresa a la que quiere desguazar en nombre de una supuesta revolución de los aviones con las que intentó favorecer a sus amigos en el período 2015 – 2019, tuvo eco en cierta prensa “progre” que empezó a hacer el ejercicio comparativo, con el único rigor que suponen los tiempos mediáticos, de la existencia de diversas empresas del Estado de diferentes países del mundo que, aparentemente, serían más eficientes que las nuestras. Como al pasar, también el Inadi fue blanco de críticas por la cantidad de empleados con los que cuenta en su plantilla.

Algo se le debe reconocer al neoliberalismo profundamente “derechoso” de este tiempo: cierta inteligencia que hace que, si en finales de los ’80 y comienzos de los ’90, los discursos que deslegitimaban el rol del Estado venían de parte de sus propios voceros (el dúo Neustad – Grondona fue el más famoso), no dejó de llamar la atención que por estos días, algunos de los que supuestamente están de este lado, el nuestro, pusieran bajo la lupa el sentido y funcionamiento de unos cuantos organismos estatales y la supuesta rigidez de no pocos convenios colectivos de trabajo. La vida te da sorpresas, cantaba el borracho que se tropezó con Pedro Navaja. La política (y los medios) no está exceptuada de ello.

En el oficialismo, por su parte, juntaron en los últimos siete días, noticias de las buenas y de las otras, esas que se sustentan en un cúmulo de diferencias cada vez más expuestas. En este sentido parecen sobresalir dos grandes discusiones; la suspensión de las PASO y la entrega o no de un bono o de una suma fija al conjunto de los trabajadores que sirva para mejorar sus bolsillos.

De la primera de esas diferencias nos referimos en esta misma columna hace apenas un par de semanas atrás. El escenario no ha variado demasiado, sólo que, ahora sí, una vez terminado el tratamiento del proyecto de ley del Presupuesto 2023, el diputado rionegrino Luis Di Giácomo, presentó el proyecto de suspensión y con ello, el conjunto del sistema político comenzó a discutir su viabilidad.

Al interior del oficialismo hay dos posturas claramente expuestas: la del conjunto de gobernadores peronistas que, en acuerdo con el cristinismo, plantean la suspensión a los fines de, por un lado, elegir las candidaturas de acuerdo al interés de cierta dirigencia y por otro, para complicar la interna de Juntos por el Cambio, que necesita a las PASO como el agua para ordenar su sobrevida política para lo que viene.

La otra postura es la del presidente y de buena parte del Frente de Todos que se representa en la Cámara de Diputados que no tienen ningún interés en terminar propiciando una medida que contradice los planteos de un oficialismo que supo sancionar la ley en 2009. En la semana que pasó la presión por la suspensión fue in crescendo, al punto que el propio ministro del Interior, Eduardo Wado De Pedro, actuando como una especie de vocero del conjunto de gobernadores, declaró que al presidente lo querían convencer de la no derogación.

El juego parece estar abierto. A tal punto, que otra de las novedades que trajo la semana en el contexto de PASO sí o no, vino de la mano de una serie de off the record que indican que el presidente cada vez aparece como más convencido de ir por su reelección, con el agregado de declaraciones de Máximo Kirchner que terminaron enfriando cierto incipiente operativo clamor que pedía por una candidatura de la ex presidenta, al afirmar que “creía que Cristina no sería candidata”.

Con respecto a la idea de un bono o una suma fija las diferencias también parecen estar a la orden del día, con dos referencias insoslayables: por un lado el cristinismo, algunos dirigentes sindicales que tributan en la CGT y los de la CTA; por el otro, la conducción cegetista que hasta el momento había dejado supeditada cualquier mejora a lo que pudiera definirse en las paritarias, ya que una suma fija suele no tener componentes remunerativos y ello atenta contra el interés gremial. Nada está definido aunque todo parece indicar que el presidente ha dado algunas nuevas instrucciones. Tal vez noviembre traiga alguna novedad.

De alguna manera paradojal, las mejores noticias para el oficialismo, esas que refieren a poder contar con algunas certezas en el mediano plazo, vinieron de la mano de la dimensión económica, esa que hasta hace algunas semanas atrás se asomaba al abismo.

En la tarde del viernes el ministro Sergio Massa informó sobre un acuerdo con el Club de París para refinanciar una deuda de U$s2000 millones. Esto se suma a la media sanción que en la madrugada del miércoles obtuvo el Presupuesto 2023 en la Cámara de Diputados.

Massa, Martínez y Moreau durante la sesión en la que se aprobó el presupuesto 2023
Massa, Martínez y Moreau durante la sesión en la que se aprobó el presupuesto

Como ya habíamos señalado algunas semanas atrás, existían señales muy claras para su aprobación. La oposición no podía darse el lujo de votar un rechazo que le serviría al gobierno de un argumento muy potente de las trabas que se ponían en la gestión, a la vez que se le daba al funcionario de turno una discrecionalidad enorme ya que, por segundo año consecutivo, se debían repartir recursos con el diseño presupuestario del 2021.

Junto con ello, teniendo en cuenta que el 2023 es un año electoral, período en el que abundan el anuncio y la realización de obras, resultaría muy dificultoso para cualquier legislador que quiera ser reelegido, volver a su territorio y explicar que aquella obra que se financia con fondos nacionales (razón de ser de muchas gobernaciones e intendencias a la hora de poder contar con obras estructurales), no podría realizarse por diferencias de tono político – partidario.

A todo ello se complementa el estilo que en este año supo imponer la actual jefatura de bloque del oficialismo en tándem con la presidenta del cuerpo, Cecilia Moreau, mujer que reporta directamente a Sergio Massa. Imperó el diálogo con el resto de los bloques, se articularon un conjunto de partidas que modificaron el proyecto inicial y que, más allá de la derrota oficialista en el tema ganancias del Poder Judicial (algo previsible), algunos quisieron mostrar la sensación de que todos ganaron. La contundencia de los números de su aprobación (180 a favor, 22 en contra y 49 abstenciones) refleja un nivel de consenso que no se lograba desde hace unos diez años.

El rosarino Páez nos contaba allá lejos y hace tiempo que él no sabía dónde iba su vida (ni la nuestra). Algo parecido puede exponer el sistema político argentino que, a un año de la elección general, no tiene claramente definido quienes serán sus protagonistas. Esa incertidumbre, también se refleja en cierta cotidianeidad. En la coincidencias y en las desavenencias. De oficialistas y opositores. Como el futuro, todo un palo…

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Sat, 29 Oct 2022 18:31:32 -0300
PASO, gracias. https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6734-paso-gracias https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6734-paso-gracias PASO, gracias.

Borja, como te ahogues te mato.
Termínate primero el melón,
y luego las tres horas de la digestión.
Hay que ver qué mal rato,
pero el niño no me quiere comer.
Borja, corazón,
te lo he dicho cienes y cienes de veces,
dobla esa toalla
¡Qué hartura de playa!

“Como te digo una Co te digo la O”
Joaquín Sabina

El título elegido para el artículo prefiere jugar con cierta ambivalencia. En nuestro diálogo cotidiano que sirve para agradecer por un convite a la vez que se lo desecha, o en la reivindicación de una forma de ordenar a un sistema político que (casi) naturalmente tiende a la atomización. En el epígrafe, convive la representación de muchos protagonistas de la política nacional y local, que acomodan discursos y acciones de acuerdo a las conveniencias del momento. El problema es que el terreno en disputa refiere a una forma de elegir a los candidatos del electorado argentino. Nada más, nada menos.

Más allá de cierta artificialidad en la discusión (cuestión que abordaremos líneas más abajo), vale decir que las elecciones PASO (no olvidar, Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) nacieron del laboratorio electoral santafesino que en la últimas tres décadas supo destacarse con la búsqueda de opciones que, supuestamente, sirvan para mejorar la representación.

Primero fue la Ley de Lemas, instaurada allá por el año 1991, en pleno despegue menemista, el cual se pensó como un sistema que evitaría las oscuras elecciones de las internas partidarias, que se reducían a una definición que se apalancaba en beneficio de aquellos que contaran con más “aparato”: recursos económicos, espacios institucionales de participación y militancia. Se trataba así de salir de un sistema donde el clientelismo político se proyectaba en su máxima expresión. Quienes no se cuecen en el primer hervor, analista incluido, recordarán los escándalos y denuncias que rodeaban a cada elección interna de cada partido político.

No debemos pecar de inocentes ni de moralistas impostados: todo sistema electoral vigente en cualquier sociedad democrática, es la síntesis más acabada de un momento y de una coyuntura específica del juego de las mayorías y minorías parlamentarias que definen cómo, cuándo y para qué votar. No creada en la Argentina, la Ley de Lemas santafesina (o Ley de doble voto simultáneo) fue pensada en un contexto que servía a los intereses del peronismo gobernante de aquel entonces, que luego de ocho años de gestión se encontraba desgastado de cara a la sociedad y que halló en un outsider como Carlos Reutemann la fortaleza política suficiente como para imponerse y gobernar la provincia durante cuatro períodos más.

Su diseño, su implementación y su escasísimo apego a cierta cultura nacional que dice que el que más votos obtiene, gana una elección, transformaron a un sistema que ha tenido versiones exitosas en otras partes del mundo, en una experiencia nefasta. La Ley de Lemas santafesina estaba pensada para la trampa. Así lo entendió el electorado y de allí la paradoja de que fuera precisamente un gobernador de signo peronista el que prometiera (y cumpliera) su eliminación.

Poco más de quince años después de la sanción de la Ley de Lemas, Jorge Obeid y su ministro de Gobierno Roberto Rosúa idearon el sistema de las PASO, el cual toma alguna referencia del sistema electoral estadounidense pero que se refuerza con ideas propias: se vota de manera coincidente en un mismo día para las internas de todos los partidos, de forma abierta participando todos los ciudadanos, lo cual debe cumplirse obligatoriamente siguiendo los principios generales de la Constitución Nacional.

Respecto de lo que venía sucediendo en el escenario santafesino, el salto de calidad fue notable, cuestión que nunca fue justamente reconocida al duo Obeid – Rosua. Se terminaron las denuncias de “truchadas” como las de candidatos ignotos que se potenciaban porque tenían apellidos iguales a dirigentes reconocidos, las candidaturas de personajes políticos que iban en varias listas de manera simultánea y el malestar y la bronca que se generaba cuando en la elección triunfaba quien había sacado menos votos que el candidato mejor posicionado.

La experiencia fue tan ponderada que el propio gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, allá por 2009, en plena vigencia política del Grupo A, supo ingeniárselas para reformar el sistema electoral argentino y que la flamante experiencia santafesina se aplicar a nivel nacional en 2011.

Con el paso del tiempo, y para las elecciones provinciales, Santa Fe volvió a ser noticia por la implementación de la Boleta Única, descripción que dejaremos de lado, puesto que en este mismo portal hemos analizado el tema en reiteradas ocasiones y que no interesa demasiado a los fines del presente artículo.

De alguna manera, la discusión planteada a la luz pública con la hipótesis (y sólo eso) de la eliminación de las PASO para las elecciones de 2023, supone cierta artificialidad, algo así como una discusión que, por lo menos por ahora, roza cierta abstracción. Recordemos que en el sistema jurídico argentino, cualquier reforma electoral debe ser impuesta por el Congreso de la Nación. Para ello, inicialmente, se necesita de un proyecto de ley que, más allá de los amagues del diputado rionegrino Luis Di Giácomo, aún no se ha presentado.

En el sentido más político del asunto debe decirse que en una de las cámaras, la de Diputados, no  se cuenta con la mayoría suficiente para derogarla. El oficialismo no tiene una postura coincidente, en Juntos por el Cambio se necesita a las PASO para una sobrevida política ordenada y la veintena de diputados restantes, se dividen en partes más o menos semejantes entre quienes quieren eliminarlas o mantenerlas.

No deja de darse una situación paradojal: aquellos opositores que en 2021 militaban su derogación, hoy vociferan a los cuatro vientos que si no se mantienen, la república estaría en riesgo. Este tema, y la permanente y sobreabundante descalificación a todo lo que tenga ver con el kirchnerismo, parecen ser los únicos elementos que marcan cierta coincidencia en los cambiemistas.

Desde una parte del peronismo, que se condensa en gobernadores y referentes de La Cámpora han comenzado a exponer taxativamente su eliminación. Los primeros, por los costos de las mismas en un contexto económico que no es el mejor y los segundos porque, según los dichos de uno de sus principales figuras (Andrés Larroque), el sistema no se usa para lo que inicialmente habría sido pensado.

En una interpretación más fina debe decirse que es otra la razón que esconde el intento de eliminación de parte del oficialismo: la feroz interna de Juntos por el Cambio. Sin una elección que defina ganadores y perdedores cambiemistas, esa coalición corre riesgo real de una atomización definitiva. El radicalismo comienza a tensionarse entre Gerardo Morales y Facundo Manes, el Pro parece mostrar la prevalencia de tres precandidatos de la talla de Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich y la Coalición Cívica, por su parte, mira el convite desde lejos.

Pero la realidad es más esquiva que una simple resta de espacios políticos que estarían alejándose de toda idea de unidad. Ampliamos el concepto en formato de pregunta: en el actual contexto de la política argentina, con minorías tan intensas, las cuales se estructuran en dos grandes bloques, ¿alguien puede suponer certeramente que, de manera automática, el debilitamiento de un espacio producirá el fortalecimiento del otro?

Para decirlo con nombres propios con una nueva pregunta, en un escenario favorable al oficialismo y en formato de ejemplo: ¿alguien puede estar seguro, en octubre de 2022, que si la entente de Juntos quedara diseminada en tres candidaturas, esto potenciaría a un peronismo que por momentos parece re comenzar con un proceso de desgaste interno con pases de factura que refiere en mucho a cuestiones que poco tienen que ver con la gestión efectiva?

Es de dudosa certeza, que en la polarización actual, sumada a los problemas de gestión gubernamental, el peronismo pueda proyectarse al 40% de los votos que saque una diferencia de más de 10% al segundo y eso redunde en un triunfo en primera vuelta. Una cosa son los acuerdos o desacuerdos de cierta dirigencia y otra muy distinta lo que suelen decir los ciudadanos cuando se expresan de manera masiva en el día de la elección.

Las razones que han sabido expresar quienes desean la derogación son esencialmente dos: que resultan costosas para este momento de la vida económica del país y, como señalamos más arriba, que no se utilizan de la manera para las que habían sido pensadas.

De lo primero debe decirse que es un concepto que no debe dejar de preocuparnos por un doble aspecto: que la expresión popular que supone el voto, no deba realizarse porque resulte muy onerosa y que esa afirmación la sostenga un (o unos cuantos) dirigente del peronismo que ha sido a lo largo de la historia, sin lugar a dudas, la fuerza política que más ha sufrido las persecuciones, proscripciones y hasta desapariciones, no resiste la menor ponderación.

De lo segundo, si las PASO no han sido utilizadas como corresponde es porque muchos dirigentes, incluso aquellos que votaron ese marco legal en 2009, siempre apuestan por la imposición de candidaturas que se sostienen con el dedo del líder iluminado de turno. En ese sentido, no es casual que sean precisamente los gobernadores, quienes luego de la figura presidencial, son los referentes políticos que más resortes institucionales manejan, quienes advoquen por la eliminación de las internas. Siempre resulta más fácil negociar desde una mesa de café, que con el resultado definido por millones de electores.

En su devenir de los últimos trece años, las primarias han redundado en varias virtudes y en alguna dificultad no menor para dirigentes, candidatos, jefes de campaña y analistas en general.

Del lado de las primeras digamos que ordenan el espacio político: cada quien sabe que depende de lo que diga la sociedad en su conjunto, en un momento establecido de antemano; reduce los acuerdos de cúpula que imponen candidaturas definidas entre cuatro paredes; obliga a “hablarle” al conjunto de la ciudadanía y no a la minoría intensa de cada partido que en muchas ocasiones ni siquiera cuentan con padrones filiatorios actualizados, y, en las listas de candidaturas plurinominales (diputados y concejales), al quedar conformadas de acuerdo a la proporción de los votos obtenidos, obliga al diálogo y a cierta mesura política interna.

Del lado de las segundas, las PASO suponen una etapa de un proceso electoral que debe ser mirado como un conjunto, donde las estrategias comunicacionales, de campaña y de gestión deben ser revisadas entre la interna y la general. Todo esto agrega una complejidad extra a un sistema político que, desde hace décadas, no se caracteriza por su sencillez. De allí que algunos también se tienten con su eliminación.

Así las cosas, y más allá de dirigentes que, como en la canción del andaluz Sabina, un día dicen una cosa y mañana pueden decir la otra; las PASO han quedado atravesadas por una lógica política que desdeña lo estructural que supone un sistema electoral. Si el articulista tuviera que hacer una apuesta, se jugaría un pleno (no mucho más que un café) porque este sistema se mantendrá en el tiempo. O, por lo menos, no serán eliminadas para las elecciones de 2023. Pero hay una cosa que nunca debe olvidarse: el realismo mágico que supone “Cien años de soledad” del genial Gabriel García Márquez, no casualmente tuvo su éxito editorial inicial en la Argentina de finales de los 60’. Algunas costumbres son incombustibles al paso del tiempo.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Sat, 15 Oct 2022 17:37:10 -0300
No es un debate sobre el instrumento de votación https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6646-no-es-un-debate-sobre-el-instrumento-de-votacion https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6646-no-es-un-debate-sobre-el-instrumento-de-votacion No es un debate sobre el instrumento de votación

La presunta ventaja de un sistema de boleta única tiene una raíz ideológica: la creencia de que la organización territorial partidaria esconde alguna trampa ilegítima. Para modificar el sistema electoral actual hay que demostrar en qué falla con evidencia concreta: hasta ahora, no se ha hecho.

Es una feria de razones aparentes, no es un debate. Ante las dudas sobre la ventaja de los sistemas de boleta única, los defensores de esa alternativa no responden con aclaraciones, vuelven a prender el cassette: “Cambie tranquilo el instrumento de votación que anduvo bien los últimos cuarenta años, señor, yo sé lo que le digo, no se va a arrepentir.”

Una sola buena razón sería suficiente para promover un cambio beneficioso. El maletín de los promotores de la boleta única viene con muchas: la boleta única haría más equitativas las condiciones de competencia, presentaría información más clara a los votantes, impediría el clientelismo, reduciría el gasto público en las elecciones y, revelando que hace falta toda la fuerza de las almas bellas cuando no se pueden mostrar los motivos verdaderos, ¡reduciría el impacto ambiental de las elecciones!

La sobreabundancia de argumentos sugiere que no hay que tenerle mucha fe a ninguno. El miedo no es zonzo. La sospecha sobre la galera de la que salen los conejos de la Boleta Única tampoco.

Es razonable pensar que un sistema como el de la boleta única, en el que el Estado asegura que toda la oferta electoral esté presente en todas las mesas, es menos exigente para los partidos chicos que el actual sistema, en el que hay que reponer las boletas cuando se agota la pila inicial que viene con los materiales con los que se abre cada mesa. Por supuesto, los partidos a los que les resultaría más difícil reponer boletas, los más chicos, son también los que tendrán menos necesidad de reponerlas. Pero puede ocurrir. ¿Ocurre seguido?

En un estudio del que participé en 2013, el 97% de las personas entrevistadas dijo haber encontrado en el cuarto oscuro la boleta por la que pensaba votar. Esta cifra no sorprende: si la dificultad para encontrar la boleta deseada fuera frecuente, escucharíamos reclamos de las y los votantes en todas las elecciones. No los escuchamos.

En cambio, escuchamos quejas de las candidatas y candidatos que tienen peores resultados que los que esperaban o que pierden una elección por pocos votos. Rara vez son miembros de partidos chicos. Estas quejas dan aire a uno de los espectros que aparece cada vez que se propone un sistema de boleta única en nuestro país: el robo de boletas.

Según estos relatos, hay organizaciones que se dedican a llevarse pilas enteras de boletas de los cuartos oscuros. En alguna de las versiones más creativas de esta leyenda, las boletas aparecen en tachos de basura cerca de los lugares de votación. Estos ladrones de boletas son inconsistentes, débiles y desatentos: no les pesa sacarlas del cuarto oscuro, pero les pesa trasladarlas a un lugar donde puedan descartarlas sin despertar sospechas y terminan dejándolas en lugares accesibles a los denunciadores de robos. Tampoco queda muy claro por qué alguien querría robarle boletas a partidos que no tienen suficientes fiscales para reponerlas.

Previsiblemente, el objetivo de quienes repiten estos cuentos no es cuidar la integridad de las elecciones, sino despertar sospechas sobre los resultados que no los favorecen. A los técnicos y los jugadores que se quejan de los árbitros cuando pierden partidos tampoco se los ve más preocupados por la integridad del deporte que por su situación personal. Las reformas de las reglas de los deportes no suelen tomar en cuenta las polémicas arbitrales. Los relatos de las presuntas víctimas del robo de boletas, en cambio, son una de las preocupaciones centrales de los promotores de la boleta única.

En el debate sobre los proyectos de boleta única de las Comisiones de Asuntos Constitucionales y de Presupuesto y Hacienda, en la Cámara de Diputados, varios legisladores y algunos expositores ofrecieron como prueba de la frecuencia del robo de boletas la dificultad de probarlo. Vale la pena repetirlo. El razonamiento sería: “Dado que algo no se puede demostrar, tenemos que concluir que existe”. Afortunadamente, a pesar de lo que la afirmación falaz de su existencia sugiere, el robo de boletas se podría detectar. La proporción de votos por los partidos cuyas boletas son robadas debería caer muy precipitadamente en las escuelas o los circuitos donde ocurren esos supuestos robos. Ningún estudio sistemático sobre los resultados de los comicios por mesa electoral encontró nada parecido. Hasta que se demuestre lo contrario, lo más razonable es concluir que no es un problema relevante.

Pero quizás ese 3% de personas que dice no haber encontrado la boleta que buscaba es inaceptablemente alto. Suponiendo que no reclamaron “faltan boletas”, o que reclamaron y no les hicieron caso, 3% puede ser demasiado. El sistema de votación tiene que permitir que absolutamente todas y todos votemos lo que habíamos pensado. ¿Un sistema de boleta única ofrece garantías más confiables para todos los partidos, todas y todos los votantes?

Imprimir todas las listas de candidatos en una sola boleta asegura que estén disponibles siempre y en todas las mesas. Pero eso no implica que todas las listas tengan la misma chance de ser encontradas ni que todas y todos los votantes tengan la misma chance de encontrar lo que buscan. Nuestra atención es limitada. Miramos y leemos tratando de reducir el esfuerzo de percepción porque nos cansamos rápido. Este es un fenómeno documentado en varios estudios de psicología experimental y muy difundido en los estudios electorales. El lector se va a encontrar con millones de resultados si busca “voter fatigue” en Google. “Fatiga del votante” arroja más de 500 mil. Este trabajo de 2016 cita los fundamentos psicológicos de este fenómeno, compila los estudios electorales que encuentran resultados consistentes con él y exhibe nuevos resultados. La conclusión es fuerte: las boletas con mucha información nos cansan, la atención se dispersa a medida que se avanza en la lectura y las opciones que aparecen primero en las listas de candidatos (más arriba y más a la izquierda) tienden a recibir más votos. Sin estudios aún sobre ese impacto, el ejemplo de la primera vuelta en Colombia puede darnos alguna pista.

La plena disponibilidad de la oferta es el argumento más fuerte en favor de la boleta única. Justifica, por ejemplo, las varias acordadas en las que la Cámara Nacional Electoral recomendó su adopción. Pero esta disponibilidad no asegura condiciones más equitativas de competencia. Es necesario tomar en cuenta los efectos de la reunión y el ordenamiento de todas las opciones en una sola pieza de papel. La asignación por sorteo del orden de los lugares en las boletas no elimina esta ventaja sino que la asigna en cada votación de un modo ecuánime. No es lo mismo que tirar una moneda para determinar quién saca en un partido de fútbol. El orden en la lista es más parecido a asegurar que todos los corners de un partido los va a patear un solo equipo. La única forma de eliminar esta ventaja sería imprimir boletas distintas con el orden de las listas asignado aleatoriamente cada vez. Esta opción es engorrosa y muy cara pero factible. Pero aún en este caso, no es evidente que haya alguna ventaja de equidad en la competencia respecto del sistema que se usa actualmente. Se puede aclarar este punto comparando de modo experimental los efectos del actual sistema de votación con distintas variantes de sistema de boleta única. Si el objetivo de los promotores de esta alternativa fuera mejorar el sistema de votación, propondrían hacer estos estudios o citarían otros que permitan echar luz sobre este problema. En cambio, repiten sus creencias con una convicción que sus razones no merecen y con una certeza sobre las aparentes ventajas del sistema alternativo que, con la información disponible, nadie puede tener.

Es cierto, cuando entramos a los cuartos oscuros, especialmente si votamos en una provincia con muchos habitantes y cuando coinciden las elecciones presidenciales con las de cargos locales, encontramos un mar de boletas. Tardamos en encontrar la que nos gusta, nos cuesta orientarnos si entramos sin saber bien a quién votar y podemos confundirnos si nuestra candidata a presidenta o nuestro candidato a gobernador llevan pegadas distintas listas de legisladores. Ninguna de estas decisiones va a ser más clara ni más simple si en lugar de mirar boletas con fotos sobre una fila de pupitres vemos listas con tipografía chica sobre un solo rectángulo de papel. La claridad de la información electoral depende de las reglas para la conformación de partidos y alianzas. En un país con 706 partidos vigentes, 46 agrupaciones que podrían presentar candidatos para la Presidencia de la Nación, regulación electoral que facilita y estrategias partidarias que multiplican acoples y colectoras, entender cuáles opciones están disponibles y elegir las que nos parece mejor va a ser difícil con cualquier sistema de votación. Desde el punto de vista de los derechos a elegir y ser elegido este es el principal problema. Los promotores de la boleta única lo omiten o sostienen, sin ninguna razón atendible, que su propuesta lo puede resolver.

La boleta única no equilibra la cancha ni aclara la información electoral. ¿Pero imprimir una sola boleta para cada votante no debería ser mucho más barato que imprimir varias boletas por cada votante para cada partido? Si las boletas partidarias y las boletas únicas tuvieran la misma superficie, más bien que sí, ¿cierto? Pero no tienen la misma superficie. Y a veces tampoco pueden ir impresas sobre el mismo tipo de papel. Seguramente por eso, como demuestra la presentación muy informada que la ex Directora Nacional Electoral, Diana Quiodo hizo en la reunión conjunta de las Comisiones que cité, el costo por votante de la impresión de boletas en las elecciones provinciales de Córdoba, donde se vota con boleta única, o de Santa Fe, donde también se usan boletas únicas, es bastante más alto que el que pagó el Estado Nacional por las boletas partidarias en 2021. El diputado de Pro, Pablo Tonelli, presente en la reunión y quizás convencido de la veracidad de los datos que presentó Quiodo, indicó, como se puede observar en el video, que no se propone el sistema de boleta única porque sea más barato. Efectivamente, no lo es.

¿Será entonces que la boleta única nos ofrece más autonomía en nuestra condición de votantes, nos libera de algún lazo que nos impide votar como queremos? Es cierto, la impresión de toda la oferta electoral en un solo papel, el sistema que en el mundo se conoce como boleta australiana, fue adoptado por primera vez en ese país en 1857, para proteger la autonomía de los votantes. Fue el cambio administrativo que acompañó la institución del voto secreto. El marcar una opción sobre un papel, en privado, evitaba, en este y en otros casos, que los votantes sufrieran represalias por su elección. El sistema fue rápidamente copiado en otros países de tradición anglosajona, que eligen pocos candidatos en cada distrito, y luego extendido a otros donde la oferta electoral es más numerosa. Pero en nuestro país, o en países vecinos con una tradición partidaria parecida como Uruguay, la protección del secreto del voto, de la autonomía y de la integridad física de los votantes no descansó tanto en el instrumento de votación como en la vigilancia de los fiscales partidarios. El fraude y la intimidación desaparecieron en Argentina mucho después de la adopción de la ley Sáenz Peña. Esa desaparición coincide con el despliegue masivo de organizaciones territoriales de un nuevo partido popular, el peronismo, que, apoyándose en las organizaciones sindicales y en organizaciones partidarias previamente existentes como las del Partido Conservador, compitió intensamente desde 1946 con las organizaciones territoriales igualmente extensas de la Unión Cívica Radical. Los intereses competitivos contradictorios de dos organizaciones populares muy grandes y muy antiguas protegen la limpieza de las elecciones en Argentina y resguardan nuestra autonomía como votantes. Sin este respaldo partidario la intimidación electoral sería más factible, independientemente del instrumento de emisión de votos que se utilice. Argentina y Uruguay no votan con boletas partidarias porque se resistan a una presunta ola de modernización electoral que llegó antes a otros países en el mundo. No hay nada especialmente moderno ni superior en los sistemas de boleta única. Los progresos políticos que la adopción de este sistema produjo en algunos países se consiguieron en el nuestro por otros medios.

La difusión de sospechas tan intencionadas como infundadas sobre la limpieza de las elecciones en Argentina, la presunta ventaja de sistemas como el voto electrónico o la boleta única, tienen la misma raíz ideológica: la creencia de que la organización territorial partidaria esconde alguna trampa ilegítima, el estigma del contacto directo entre partidos y votantes. Esos partidos populares, los grandes y los chicos, son organizaciones que construyeron nuestras abuelas, abuelos, madres y padres, y que sostenemos nosotros. Sabemos que son defectuosos pero que, cuando están fuertes, son el canal institucional a través del cual podemos influir más eficazmente sobre las decisiones de gobierno. Alimentan sospechas sobre la legitimidad y las prácticas de los partidos quienes compiten por influir sobre las decisiones con otras herramientas y para satisfacer otros intereses. El esfuerzo por reemplazar las boletas partidarias por la boleta única pretende modernizar el sistema de votación pero apunta a otra cosa.

 

(*)Profesor Asociado del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés e investigador independiente del Conicet.

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hola@fundamentar.com (Marcelo Leiras) Opinión Wed, 08 Jun 2022 17:21:42 -0300
Lula podría ganarle a Bolsonaro en primera vuelta https://www.fundamentar.com/internacional/item/6616-lula-podria-ganarle-a-bolsonaro-en-primera-vuelta https://www.fundamentar.com/internacional/item/6616-lula-podria-ganarle-a-bolsonaro-en-primera-vuelta  En la suma de los votos válidos, o sea, sin contar los blancos y los anulados, Lula vencería por 51% en la primera vuelta

El sondeo de la consultora Quaest muestra que el líder opositor tiene una intención de voto del 46%, contra el 29% del actual presidente. Además, explica que el favoritismo por el ex mandatario está basado en la relevancia de la economía real.

El líder opositor y expresidente Luiz Inácio Lula da Silva podría vencer en primera vuelta al mandatario Jair Bolsonaro en las elecciones del 2 de octubre en Brasil, al obtener más del 50% de los votos válidos, según reveló este miércoles una encuesta.

El sondeo de la consultora Quaest para el Banco Genial apunta que Lula tiene una intención de voto del 46%, contra el 29% del presidente Bolsonaro.

En la suma de los votos válidos, o sea, sin contar los blancos y los anulados, Lula vencería por 51% en la primera vuelta, lo que permitiría ganar sin necesidad de un balotaje.

La encuesta, la primera en el año que da como ganador a Lula en primera vuelta, contrasta con otra telefónica divulgada el martes, del instituto MDA, que mostró un avance de tres puntos en un mes de Bolsonaro, que se habría quedado con los votos de los que se inclinaban por por el exjuez Sérgio Moro, que desistió de su candidatura a la presidencia.

En la suma de los votos válidos Lula vencería por 51% en la primera vuelta, lo que permitiría ganar sin necesidad de un balotaje.

El sondeo de Quaest, ampliamente publicado por los medios por tratarse de una encuesta presencial, es decir, considerada con mayor nivel de acierto, otorgó un tercer lugar, con 7%, a Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista (PDT).

Después figuran Joao Doria, del Partido de la Social Democracia Brasileña, y André Janones, de Avante, con 3%, mientras que Simone Tebet y Felipe D'Avila, del Partido Novo, alcanzarían el 1%.

El director de Quaest, Felipe Nunes, explicó que el favoritismo de Lula está basado en la relevancia de la economía real.

"El 50% dice que la economía es el principal problema de país", dijo. De esta cifra, el 18% dice que la inflación es el principal problema del país, contra el 6% que respondía eso en septiembre de 2021.

El 59% de la población, según la encuesta, respondió que sigue teniendo problemas para pagar sus obligaciones mensuales.

Además, el 61% opinó que el actual mandatario, de ultraderecha, no merece ser reelegido por su experiencia en el primer gobierno.

La estabilidad en el voto de Lula entre abril y mayo de 2022 está explicada por dos movimientos, uno positivo y otro negativo para su campaña.

Lula ganó 3 puntos entre las mujeres, mientras que perdió 4 puntos entre los evangelistas luego de haber dicho que estaba a favor de garantizar el derecho al aborto en la política de salud pública.

La estabilidad en el voto de Lula entre abril y mayo de 2022 está explicada por dos movimientos, uno positivo y otro negativo para su campaña: ganó 3 puntos entre las mujeres, mientras que perdió 4 puntos entre los evangelistas.

De todas formas, según la encuesta, 47% de los evangelistas no saben la opinión de Lula sobre el aborto, un punto que comenzó a ser explorado por la campaña de Bolsonaro.

La pelea de Bolsonaro con el Supremo Tribunal Federal no le ha rendido sus frutos. El 54% reprobó el indulto que Bolsonaro le dio al diputado Daniel Silveira, de ultraderecha, condenado a 8 años de prisión por haber atentado contra la Constitución.

También otra bandera institucional de Bolsonaro -calificada de golpista por sus críticos- es la que pone en duda las urnas electrónicas con las cuales fue elegido en 2018.

La franja de brasileños que desconfía de las urnas electrónicas cayó de 29% a 22% desde septiembre pasado, según el sondeo.

A favor de Bolsonaro, la encuesta arrojó que por tercer mes consecutivo cae la imagen negativa de su gobierno, que en febrero era de 51% y ahora está en 46%.

 

FUENTE: télam

RELEVAMIENTO Y EDICIÓN: Dana Vazquez

 

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hola@fundamentar.com (Pedro Arrospidegaray) Internacional Wed, 11 May 2022 14:50:02 -0300
La vida por una interna https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6577-la-vida-por-una-interna https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6577-la-vida-por-una-interna La vida por  una interna

Si alguien imaginó que la finalización del calendario electoral, con la inexorable definición de ganadores y perdedores, serviría para dar ciertas señales de calma política, parece haberse equivocado de cabo a rabo. Las diferencias han seguido mostrándose a la luz del día, y nadie puede asustarse del todo que esto suceda en una sociedad que se dice abierta y democrática. El problema, como en el caso santafesino, se plantea cuando esas desavenencias se traducen en un riesgo para cierta institucionalidad. “That is the question”. Tres indicadores sintetizan a los últimos siete días. Repasemos.

El primero de ellos refiere al espacio del Frente de Todos. Si de algo parecían haber servido las primarias, era para que el oficialismo entendiera que algunas ideas, como los trapitos que se lavan, se discuten en casa. Concluimos la semana anterior con la “novedad” de un incipiente aumento de la carne vacuna en las carnicerías. Con la historia previa de 2021, donde las restricciones para la exportación, guste o no a ortodoxos y heterodoxos, posibilitaron, cuando no una baja sostenida, sí un precio que supo mantenerse; alguien osó preguntarle al siempre activo secretario de Comercio Interior Roberto Feletti, qué podía hacer el Estado para corregir la situación. Éste, sin dudar, habló de la aplicación de nuevas retenciones.

Más allá de la habitual vocinglería de algunos sectores “potencialmente” afectados y de buena parte de la corporación mediática, no dejó de llamar la atención que una forma de respuesta crítica a esos planteos vinieran de la mano del propio ministro de la Producción de la Nación, Matías Kulfas, hombre de estrechísima confianza del presidente Alberto Fernández. Es entendible el enojo del hombre que integra el otrora Grupo Callao, ya que viene trabajando sobre la idea de que el país pueda superar su restricción estructural al acceso de dólares vía un aumento de las exportaciones. Pero ante esto cabe volver a una pregunta básica: ¿tiene sentido ganar en exportaciones en un producto que tiene mucho de simbología cultural en su consumo, a costa de las limitaciones de los sectores que no la pasan del todo bien? Estoy tentado a usar la ya vieja afirmación de la famosa modelo que decía “lo dejo a tu criterio”. Pero semejante definición no correspondería a un artículo de análisis que se pretende serio.

Para completar el cuadro, desde un sector importante del oficialismo nacional insisten en la idea de “institucionalizar” las diferencias a través de diversos mecanismos y estrategias políticas. Mesas chicas y ampliadas de discusión, reparto más uniforme de poder al interior de ministerios y la posibilidad concreta de dirimir ciertas disputas en las PASO 2023, suponen modos que acrecentarían las chanches electorales del Frente de Todos, ya que la sobreexposición de una interna, haría más visible al espacio y lo alimentaría políticamente.

Uno lee o escucha estas afirmaciones de parte de los mismos que hasta hace cuatro meses marcaban como una suerte de sacrilegio la interna santafesina, y no puede dejar de tener en cuenta cómo se desarrolló el proceso electoral por estos lares, de haber acordado una unidad que dejaba afuera a unos cuantos o de la mismísima eyección de un ministro de su cargo y no puede cuanto menos que esbozar una mueca irónica ya que, de alguna manera, suponen que el olvido cortoplacista, puede ser un buen articulador de la práctica política.

A veces, de tan enfrascados en algunas discusiones palaciegas, algunos pierden la referencia que las elecciones no se ganan y se pierden porque necesariamente haya disputa interna. No la hubo en 2019 y el Frente de Todos ganó. No la hubo en 2021 y perdió. En Santa Fe la hubo y se perdió. Es el problema de pensar y de querer proyectar a la política desde la referencia insoslayable de la urgencia de porteños y bonaerenses. En una elección multidistrital de 24 jurisdicciones, puede ganarse o perderse por un “clima” general, pero también, porque existen lógicas locales que condicionan en un sentido o en otro.

Y, además, como si todo esto fuera poco, está la calidad de vida del ciudadano. Sus percepciones, la realidad que le marca su “bolsillo” y su justa valoración de si vive mejor o peor que hace dos años. Ese es el fondo del problema. Tal vez las formas sean lo que menos deba importarnos por este tiempo.

Del otro lado tampoco las tienen todas consigo. Si la lógica futbolera indica que equipo que gana no se toca, en Juntos por el Cambio viven el proceso post electoral lejos de esa idea, a tal punto que ya no hace falta leer entre líneas (o creer que uno sabe hacerlo) para anoticiarse de las diferencias entre el macrismo de paladar negro y el espacio que conduce Horacio Rodríguez Larreta (¿podemos hablar de larretismo?).

En la semana Mauricio Macri volvió a insistir con una definición que ya había planteado en una de sus visitas a Rosario: “muchos curas quieren ser Papa, pero van a tener que competir” (sic). En el camino elogió, nuevamente, a Javier Milei y reversiona a cada paso aquella entrevista con Mario Vargas Llosa donde afirmó que, si volviera a ser elegido, repetiría el mismo sentido de su gestión, pero iría mucho más rápido.

De a poco, ese discurso lo va perfeccionando y trata de referenciar para sí al violento libertario que ahora reivindica la vacunación. El ex presidente no puede mostrar nada beneficioso de su gestión anterior, es por ello que propondrá un modelo de construcción política que referencie en el clima de época que vive América Latina en particular y occidente en general, donde la derecha se florea a sus anchas (para aquellos lectores que son usuarios de la red social del pajarito, les dejamos este twit imperdible→VER). Mucho de impacto emocional y nada de logro colectivo. Ese será su eje, y, como el articulista pudo aprehender en su Tablada natal, “quien avisa no es traidor”. Estamos avisados.

Horacio Rodríguez Larreta, por su parte, trata de mostrarse desde otro lugar. Condicionado por los límites que impone la gestión del día a día en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (el crimen sobre el joven Lucas González es un buen ejemplo de ello) trata de ganar adeptos y mostrarse presidenciable con la utilización de un discurso moderado, más parecido a la oferta electoral PRO de 2015.

Desde el mismo espacio donde Macri hizo sus últimas declaraciones (encuentro de la Fundación Pensar, en Córdoba), el jefe de gobierno porteño, recurrió a la convocatoria de un frente más amplio, el cual debería transformarse en una herramienta que permita derrotar al peronismo gobernante. Su propio Jefe de Gabinete, Felipe Miguel, en declaraciones radiales confirmó la idea, incluyendo al ex presidente en el mismo espacio, algo que este último debe resistir dado que es conocida su postura de mostrarse como un primus inter pares.

Más temprano que tarde han quedado expuestos dos modelos de pensar lo que viene en la Argentina para ese espacio político: el endurecimiento macrista tratando de cooptar parte del ideario libertario o la moderación que dice proponer una centro derecha que, una vez en el poder, sabemos de su brutalidad política para ejercerlo. Aquí también parecen interesar las formas. En ese sentido, el final es abierto.

Pero si hablamos de interna, la institucionalidad santafesina, como diría mi abuela, “no se anda con chiquitas”. Por enésima vez, el Senado provincial le condicionó el derrotero político al ejecutivo y le mandó a extraordinarias el tratamiento de la ley de emergencia en seguridad. La ciudad más importante de la provincia vive una situación inédita: récords de asesinatos, balaceras a negocios de todo tipo, con el fin de exigir el pago para “cuidado” o para amedrentar al conjunto de la ciudadanía y una situación que no mejora ni con la llegada de las fuerzas federales. Más allá de esa coyuntura la cámara alta notificó que se debía más tiempo para el análisis con el fin de su aprobación.

Es obvio que esa situación no le quita responsabilidad al gobernador Omar Perotti que prometió “paz y orden” allá por la campaña de 2019, y hoy, nada de eso parece darse en los hechos. En el camino, algunos le recuerdan al rafaelino que aún no dio ninguna forma de explicación política plausible, de lo que fue la derrota electoral de hace apenas dos semanas. El run run de la política santafesina indica que se vienen cambios en el gabinete para “oxigenar” la gestión. Deberá prestarse atención a los nuevos nombres, una vez que se conozcan, para saber qué modelo de gestión imagina el gobernador para los dos años próximos y teniendo en cuenta su limitación constitucional a ser reelegido.

Las disputas internas están visibles, al alcance de la mano. Algunas circunstanciales, otras más definitivamente profundas. Lo decimos ahora y que nadie se haga el desprevenido: muchas de las acciones que comentemos de aquí en más tendrán como horizonte el 2023. Eso no es bueno o malo en sí mismo, en tanto y en cuanto, nadie confunda las herramientas con el objetivo superior de que los argentinos vivamos cada día, un poquito mejor.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Sun, 28 Nov 2021 12:33:34 -0300
Como era entonces https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6575-como-era-entonces https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6575-como-era-entonces Como era entonces

Todo está como era entonces:
la casa, la calle, el río,
los árboles con sus hojas,
y las ramas con sus nidos.
Todo está, nada ha cambiado.
El horizonte es el mismo.

Olegario Víctor Andrade

Las elecciones legislativas para el Concejo Municipal en Rosario, dejan la foto final de que nada ha cambiado del todo. Más allá de las novedades de ocasión, el 10 de diciembre nos encontraremos con un cuerpo legislativo institucionalizado por una marcada atomización, ya que, sobre un número de 28 concejales, hacia su interior conviven seis fuerzas políticas de distinto signo y algunas de ellas atravesadas por no pocas diferencias. Repasemos lo estructural y los detalles novedosos.

Lo primero que debe señalarse es algo que se parece a un rasgo ya histórico: con alguna excepción, el peronismo triunfó en las seccionales más alejadas del centro, mientras que en este último prevalecieron, alternadamente, el Frente Progresista y Juntos por el Cambio. Como es sabido, toda regla tiene una excepción y en este caso 2007 representó un mojón insoslayable para el socialismo, ya que Miguel Lifschitz en aquella oportunidad se impuso en todas las seccionales rosarinas, al igual que Roy López Molina lo hizo en 2017, cuando el color amarillo se había transformado en una fuerza arrolladora.

El segundo factor distintivo a simple vista es que (casi) “todos ganaron”. El oficialismo gobernante porque prevaleció sobre el resto con unos 5.000 votos sobre el segundo; el espacio de Ciudad Futura porque teniendo que renovar una concejalía obtuvo dos; Mejor, esa novedad que tiene como principal referente al periodista Miguel Tessandori, porque también contará con dos representantes desde el próximo mes; y el peronismo que, manteniendo las tres bancas que ponía en juego, aplica aquella vieja máxima futbolera que dice que, si no se puede ganar, empatar no es un mal resultado.

Quien no pudo revalidar títulos fue el espacio de Juntos por el Cambio que, renovando seis concejales de aquella excelente elección del ya mencionado López Molina, sólo obtuvo tres. No deja de ser llamativo el dato ya que, en este 2021, la fuerza fundada por Mauricio Macri hizo una muy buena elección a lo largo y ancho del país, al igual de lo que había sucedido en 2017. Las razones pueden ser variadas: debilidad de la lista, crisis interna producto de permanentes divisiones, falta de un liderazgo local que prevalezca en el día a día o algún episodio de la vida privada de la dirigente que encabezaba la lista y que se hizo público a semanas de la elección, son los elementos que marcan el presente del Juntos por el Cambio local.

Por otro lado, no todo puede ser interpretado como alegría en el oficialismo gobernante, más allá del triunfo. Objetivamente, si se mira la anterior elección de medio término en 2017, el Frente Progresista recuperó casi 25.000 sufragios. Pero a la vez, resulta llamativa la pérdida de votos entre este domingo 14 de noviembre y la votación de junio 2019 para concejales. Si bien el dato no es absolutamente comparable, ya que en la de hace dos años conviven dos elecciones (ejecutiva y legislativa), en términos de la revisión del andar político del oficialismo, la diferencia radica en no menos de 40.000 votos. Esto, supone dos situaciones: que Ciro Seisas, más allá de resultar una persona conocida, estuvo muy lejos de poder recibir el caudal de votos que alcanzó su jefe político en 2019 (184.000) y que, mirando las últimas cinco elecciones legislativas de medio término, el número de 115.000 adhesiones es uno de los menores que ha recibido un oficialismo hasta aquí.

Más allá de alguna celebración de ocasión el dato está allí al alcance de la mano. ¿Incapacidad del candidato, disconformidad ciudadana con la gestión de Pablo Javkin, (entre otras cosas producto de la pandemia) o falta de trabajo territorial que potencie lo que, según declaman los funcionarios municipales, bien se ha hecho hasta el momento? Aquí también, tal vez ninguna de las explicaciones resulte excluyente y en los hechos haya un poco de cada cosa.

Recinto del Concejo Municipal de Rosario
Recinto del Concejo Municipal de Rosario

Por el lado del peronismo, los números se repiten respecto de las últimas tres elecciones a cargos de concejales, estableciéndose en la banda que va de 100.000 a 110.000 votos. Esa monocromía fue rota en el 2019 por Roberto Sukerman (dato también a relativizar Boleta Única mediante) quien para la disputa a la intendencia alcanzó alrededor de 174.000 sufragios.

La renovación que supuestamente encarnaría Lisandro Cavatorta no redundó en una diferencia a su favor que sea digna de destacar. En Rosario, el justicialismo, parece contar con una base sostenida que le permite ser un actor con peso específico, pero, excepto la particularidad del actual ministro de gobierno de la provincia en 2019, sigue sin encontrar un referente local con proyección para 2023. ¿Aceptará Marcelo Lewandoski ser el candidato en dos años, o su figura será proyectada a nivel provincial, teniendo en cuenta que Omar Perotti no puede ser reelegido y su espacio no cuenta con una figura de reemplazo? Es cierto que falta una eternidad para ese tiempo, pero, no menos real es que más temprano que tarde veremos hacia donde van sus primeros movimientos.

La novedad política de la semana no vino del lado de los resultados del domingo sino de la foto que el intendente rosarino hizo circular vía redes con el recientemente electo senador por Santa Fe Dionisio Scarpín, dirigente político que, como hombre de Juntos por el Cambio e intendente de Avellaneda, supo militar en las filas de los anticuarentenas del Covid y por la defensa de la malograda firma Vicentín y de sus principales directivos, varios de ellos acusados de estafa.

En el texto que acompaña la foto, aparece la convocatoria a la conformación de nuevos frentes, sueño sempiterno de la conducción radical de la provincia que, durante el período 2015 – 2019, tuvo la enorme capacidad de cobrar políticamente en los dos frentes: en el plano nacional formando parte de Cambiemos y en el local, siendo una de las patas del Frente Progresista. Las anteriores imágenes (no tan antiguas) de Javkin reunido en bares con Horacio Rodríguez Larreta, Martín Lousteau, Rogelio Frigerio o el diputado electo Facundo Manes complementan y dan sentido a su encuentro con el compañero de fórmula de Carolina Losada quien, según el ex presidente de la FUR, defenderá a Rosario en el Congreso. Uno desea que ponga el mismo ahínco que puso con los dueños de los vinos “El contrabandista”.

El articulista, afectado por su ludopatía crónica, se anima a apostar por el futuro (y no tanto) giro hacia la derecha del intendente rosarino, todo sazonado con un discurso que contenga una justa dosis de progresismo que endulce oídos. La apuesta no es estructurada por el azar, a suerte y verdad, sino que, además del estilo que ha impuesto Javkin a su gestión, tiene como fundamento el contexto nacional que imagina un radicalismo decidido a tallar como nunca en este siglo XXI en el tablero nacional y disputando la interna, de manera decidida, en el espacio de Juntos por el Cambio. ¿Alguien, en serio, supone que el ex Franja Morada se quedará a revalidar títulos rosarinos acompañado de un socialismo que, hasta ahora, cada vez se parece más a una fuerza testimonial en las ligas mayores?

Otro domingo de elecciones pasó, y en Rosario, el Concejo seguirá más o menos por los mismos carriles, aunque haya cambiado la primera minoría (para el oficialismo ahora). La negociación política será permanente, proyecto por proyecto, con el riesgo real de posibles demoras (a veces) innecesarias en el tratamiento legislativo, si es que el propio Frente Progresista no muestra cintura y muñeca política para sortear las no pocas diferencias que existen no sólo en el conjunto del cuerpo, sino al interior del propio bloque que referencia en el Ejecutivo. Casi, casi, todo está como era entonces.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Sun, 21 Nov 2021 14:22:07 -0300
Verdades (Relativas) https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6573-verdades-relativas https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6573-verdades-relativas Verdades (Relativas)

Cuéntale a tu corazón,
que existe siempre una razón,
escondida en cada gesto.
Del derecho y del revés,
uno es siempre lo que es
y anda siempre con lo puesto.

Joan Manuel Serrat

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio nos cuenta el catalán como una verdad inexorable. Y tal vez sea un buen punto de partida para entender y aceptar (sin enojarse) los resultados del proceso electoral que culminó en la noche del domingo 14. Los números están allí, al alcance de la mano, con el sentido inexorable de cambiar el escenario político argentino. Más allá de su absolutismo, también valen las interpretaciones de los mismos. En definitiva, hablamos de política, dimensión en la cual los números nunca pueden ser entendidos como parte de una ciencia exacta. Repasemos.

Lo primero que debe decirse es que el gobierno nacional se preparó para la derrota. De alguna manera, amortiguó el golpe. Interpretó, desde un primer momento y a partir de la contundencia de los votos amarillos del domingo 12 de setiembre, que el escenario político de una victoria era definitivamente imposible. Una diferencia de diez puntos para modificar en poco más de dos meses en el escenario nacional, se parece mucho a una cuesta empinada, con tormenta de nieve incluida.

El tono de sus candidatos y dirigentes en el transcurso de la campaña y la edición y posterior difusión de un discurso grabado del presidente Alberto Fernández en la misma noche en que aún se contaban los votos, planteando, de alguna manera, los nuevos ejes de su gobierno, reflejan que, en esta oportunidad, nada resultó novedoso para el conjunto del oficialismo.

Si se quiere, los rostros del resto de los dirigentes allí en Chacarita, reflejaban cierto alivio por el terreno recuperado en provincia de Buenos Aires. En un intento de dar vuelta la página, la convocatoria a la Plaza de Mayo del día miércoles, motorizada por una CGT “renovada” en su conducción y por los movimientos sociales, supone una forma de mostrar una autoridad política que Juntos por el Cambio imaginaba esmerilar a partir de esta nueva etapa.

En su momento fue el anuncio de María Eugenia Vidal de confirmar que una victoria en las generales serviría para ir por la presidencia de la Cámara de Diputados y posteriormente, las declaraciones de Mauricio Macri, a la hora de votar, hablando de “transición” hacia el 2023, actuaron como llamados de atención en un espacio político que no está acostumbrado a que lo presionen con esos métodos.

Los resultados, además, confirman un dato irrefutable de las últimas elecciones: la fidelidad del voto cambiemista en las provincias más pobladas del país que ocupan el centro del territorio. Si nos habíamos acostumbrado a la imagen de la camiseta de Boca Juniors, con el sur y el norte del país pintado del azul que identifica históricamente al peronismo y el amarillo prevaleciendo en Mendoza, Córdoba y Santa Fe, debe decirse que esa tonalidad se ha extendido hacia el sur y hacia la propia provincia de Buenos Aires, dejando al norte como referencia fiel del oficialismo nacional.

En ese escenario dos datos sobresalen y vale la pena de que sean mensurados en su justo tono. Por un lado, la provincia de Córdoba. El éxito de Luis Juez allí ha sido arrasador, al punto de conseguir seis diputados sobre nueve, dejando dos para las fuerzas de Juan Schiaretti. La pregunta aquí es si nos encontramos ante el fin del cordobesismo o por lo menos, ante una reconfiguración. ¿Cómo encarará el gobernador, amigo personal de Macri, los dos últimos años de su gobierno? ¿Tratará de estrechar vínculos con el gobierno nacional para evitar una derrota en 2023, o profundizará su intento de autopreservación en una situación que lo pondría ante un riesgo concreto de aislamiento político? Dudas para el tiempo que viene.

El otro indicador llamativo es la elección en Rosario con el triunfo del peronismo para los cargos nacionales. En una ciudad atravesada por el drama de la inseguridad, con sus calles alcanzadas por balaceras que el narcotráfico protagoniza y reivindica, apostando a una situación de zozobra que profundice el miedo y la angustia de cada día, resulta un dato a tener en cuenta que el PJ haya sacado, para el cargo de senador cuatro puntos más que Juntos por el Cambio. Segunda pregunta del día: ¿valorización de la figura de los candidatos o, efectivamente, aquella referencia del perottismo que señala que Santa Fe lidera la recuperación económica en el país, se refleja en la otrora segunda ciudad del país como en ningún otro territorio? Tal vez haya un poco de cada cosa, aunque es muy temprano para saberlo. Dejamos la tarea de siempre para nuestros queridos lectores y lectoras.

Lo que efectivamente vinieron a confirmar los números conocidos el domingo a la noche, es la fortaleza y fidelidad del voto de Juntos por el Cambio. Quienes siguen esta columna semanalmente, saben que hemos marcado como un dato distintivo, cómo supo evitar ese espacio político una sobrexposición de la crisis que generó su mala gestión en el período 2015 – 2019. Lo hemos señalado en reiteradas oportunidades: la base ideológica de su electorado, al que poco le importa la eficacia propia a la hora enfrentar al peronismo, la irrupción de la pandemia Covid que permitió la construcción de un falaz discurso que tensionaba una supuesta díada libertad – dictadura y la siempre presente corporación mediática que oculta y mira para otro lado en cuestiones que refieren a la corrupción estructural inherente al macrismo (cuando no sus papelones políticos); han actuado como factores que explican buena parte de la relegitimación de este tiempo.

Pero también cabe entender (y tal vez esto sea lo más importante) las razones que han llevado a la derrota del Frente de Todos. Si bien una elección a cargos ejecutivos debe ser relativizada en su comparación con una elección legislativa, no es menos cierto que la pérdida de 15 puntos respecto de 2019, resulta un dato político a tener en cuenta.

Partiendo de la idea fuerza de este analista que dice que las elecciones, básicamente, las pierden o ganan los oficialismos, tal vez podamos reconocer tres ejes por revisar de cara el 2023. El primero refiere a los efectos de la pandemia. Ha sido un fenómeno más o menos extendido, aunque no inexorable, que los oficialismos no la han pasado nada bien en elecciones que han quedado atravesados por la pandemia. Si bien la situación argentina de hoy resulta digna de ser señalada, al punto que hemos naturalizado una mejora notable en todos los indicadores sanitarios, argumento que muchos países no pueden reivindicar (incluso del primer mundo), lo cierto es que algunos desmanejos, con fotos y el mal llamado vacunatorio vip incluido, han impactado de una manera más contundente de lo que el gobierno podía desear y suponer.

Junto a esto, el segundo factor a tener en cuenta, refiere a las fallas en la comunicación política gubernamental, las cuales no refieren exclusivamente al estilo más moderado que puede representar la figura de Alberto Fernández y que el conjunto del sistema político conocía de antemano. Nos referimos a algo más profundo y que tiene referencia en la forma de llevar adelante una gestión para una fuerza política que no está acostumbrada a gobernar en formato de coalición. Si los ministerios están segmentados por áreas donde los distintos espacios políticos conviven entre sí, y en donde, en muchas ocasiones, las diferencias internas marcan los distintos tiempos en lo que se gestiona, resulta válido preguntarse sino llegó la hora de estructurar de manera distinta el proceso, reasegurando un reparto de poder con líneas más armónicas entre las famosas primeras, segundas y terceras líneas de la gestión. No es que la comunicación presidencial se haya caracterizado por su lucidez y claridad, pero tal vez sea hora de no pensar al tema como exclusivo de una figura política, sino como parte de un todo que muestre mayor uniformidad.

https://www.youtube.com/watch?v=gPKzK3fWg8k

Y finalmente, un tercer elemento a tener en cuenta refiere a la economía. Es cierto que todos los indicadores macro dan una mejora ostensible, incluso respecto de 2019, pero es evidente que esa situación no llega al común de la ciudadanía de la misma manera y al mismo tiempo. Y sobre todo con una inflación que no baja del 50% anual. Podría decirse que el reclamo y la demanda del electorado y que se traduce en la derrota de estas horas, supone el reclamo de cumplir con ese contrato ni firmado ni escrito, pero sí real, de darle a los argentinos una mejor calidad de vida a partir de la desidia macrista.

Los resultados de este domingo dejaron la imagen de que, como ocurre cada cuatro años, en elecciones de medio término, varios se empiezan a probar trajes que el tiempo demuestra que les quedan grandes. Se viene un tiempo político donde la oposición que encarna Juntos por el Cambio, sus voceros políticos, institucionales y mediáticos, intentarán hacernos creer que la suerte para 2023 ya está echada y de paso, que el kirchnerismo (y para algún delirante el peronismo) tiene fecha de vencimiento.

La historia reciente no demuestra eso. Con la sola excepción de 2005 donde prevaleció el naciente kirchnerismo, en las otras legislativas siempre resultó derrotado, mostrando, evidentemente, una marca en el orillo de un movimiento que, otra vez, no las tiene todas consigo, pero que, y poco importa si sus enemigos lo reconocen, ha tenido la enorme virtud de transformarse para cada disputa de cargos ejecutivos.

Del derecho y del revés uno siempre es lo que es y anda siempre con lo puesto. Es hora de una nueva reinvención. Con las características de este tiempo. Pero con la irrenunciable condición de no olvidarse cuál fue el sentido de su irrupción en el mundillo político argentino.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Mon, 15 Nov 2021 20:43:44 -0300
El protagonismo de los excluidos https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6572-el-protagonismo-de-los-excluidos https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6572-el-protagonismo-de-los-excluidos Javier Milei y Patricia Bullrich

A poco más de diez días de las elecciones legislativas generales, resultado que marcará el pulso de la política argentina del próximo bienio 2021 – 2023, la primera semana de noviembre trajo algunas novedades que sirven para confirmar que el proceso electoral en curso, ha tenido algunas características que lo distinguen. Si es el resultado de lo que en materia de humor social dejó la pandemia de manera circunstancial o si, responde a situaciones que llegaron para quedarse, es una cuestión que sólo el tiempo confirmará. Por ahora, aportemos algunos elementos para clarificar la idea. Repasemos.

Más allá de los resultados que dejaron las PASO y de los que puedan dejar las del domingo 14 de noviembre, hay tres elementos que distinguen a estas legislativas de 2021 y que van por fuera del análisis de la acción de gobierno (lo cual merecería otro recorrido): el fracaso de las encuestas, un protagonismo político repartido entre candidatos y referentes que por diversas razones no pudieron (o no quisieron) serlo y las profundas divisiones al interior de Juntos por el Cambio que no resultaron óbice para obtener un claro triunfo electoral en setiembre.

Lo hemos venido marcando desde mediados de setiembre, una vez conocidos los resultados del domingo 12: nadie previó los números finales. Desde el gobierno se imaginaba la posibilidad concreta de mantener una fidelidad del electorado que rondara alrededor del 40% de los votos nacionales (siempre por encima) y que, teniendo en cuenta los efectos del Covid sobre la población, más el hecho “natural” para el sistema político argentino, donde, en cada elección legislativa el voto resulta mucho más repartido entre múltiples fuerzas, era poco probable mantener el 48% de los votos de 2019.

Todo ello resultaba apalancado por la multiplicidad de estudios de opinión que establecían una victoria oficialista que, si bien no serviría para celebrar con un espumante burbujeante, permitiría darle cierta previsibilidad al oficialismo.

Nada de ello ocurrió, y Argentina se subió a un escenario mundial donde, en no pocos países, las encuestas previas no alcanzan a anticipar adecuadamente ciertos resultados.

¿Errores de medición por la forma de recolección de datos? ¿Voto oculto? ¿Decisión ciudadana tomada en el mismísimo cuarto oscuro lo cual hace realmente imposible recolectar el dato previo? Tal vez ninguna de estas situaciones resulte excluyente, y nos enfrentemos al peso cada vez más significativo de cada una de ellas, pero lo cierto es que, esa incertidumbre sigue campeando por estos lares. Sirva como ejemplo la multiplicidad de estudios (¿u operación política?) que por estos días pululan en redes y portales de todo tipo. Mientras unos nos dicen que los resultados se mantendrían más o menos inalterables como hace siete semanas, otros nos cuentan que en algunas provincias el oficialismo derrotado, cuanto menos, acortaría ventajas.

Lejos estamos desde esta columna de desprestigiar y desdeñar los estudios de opinión que en muchos casos se realizan con el rigor académico respectivo. Decimos que las fallas de las últimas mediciones resultan, de alguna manera, la base de cierta incertidumbre y de allí ciertas lógicas políticas que pueden resultar confusas.

La semana tuvo, como referencia insoslayable en la realidad del mundillo de Juntos por el Cambio, el protagonismo de algunos actores que, de alguna manera, habían intentado ser excluidos del proceso electoral en curso. Hemos comentado, sobradamente, que la disputa por el armado de las listas había dejado a Horacio Rodríguez Larreta como claro ganador del proceso. En los casos de CABA y de la provincia de Buenos Aires, Mauricio Macri había tenido que conformarse con colocar en lugares expectantes a sus hombres y mujeres más leales y en el resto de las jurisdicciones más importantes del país, lejos estuvo la posibilidad de confluir en listas de unidad. El resultado: en todas las provincias han prevalecido dirigentes que se opusieron a las huestes del ex presidente.

Pero ello no obsta a que Macri siga teniendo protagonismo. Por un lado, por el peso de lo judicial, que lo pone en el centro de la escena a partir de la causa que en Dolores investiga el Juez Martín Bava, dado el espionaje contra los familiares de los 44 marineros del ARA San Juan, y que esta semana lo tuvo como referencia ineludible al presentarse ante el tribunal y en el ingreso a la sede judicial no se le ocurrió mejor idea como “acto reflejo” que tirar al piso un micrófono de la señal de cable C5N. Resultó tan bochornoso el hecho, que en una publinota realizada por el siempre indignado Jonatan Viale, el ex presidente tuvo que ensayar una forma de disculpa y tanto las organizaciones como ADEPA (dueños de diarios) y FOPEA (foro de periodistas que se dicen defensores de la libertad), ambas afines a todo lo que supone el derrotero macrista, salieron a cuestionarlo en sendos comunicados. Como diría mi abuela: “como estará la cañada, que el chancho la cruza al trote”.

https://www.youtube.com/watch?v=yJPAIwnlcVk

Por el otro lado, Macri también se las ingenió para hacerse visible al reconocer en Javier Milei, ese esperpento violento y sectario al que los argentinos deberíamos prestar mucha más atención como fenómeno político a consolidarse, como un hombre que tiene sus mismas ideas económicas. El mensaje tiene una visible doble vía: a la vez que lo condiciona al propio libertario, ya que éste salió a reconocer que tres semanas antes de las elecciones se habían reunido para hablar de economía, por otro lado, da una fuerte señal hacia la interna amarilla que disputa clientela política con el recién llegado al Partido Libertario, quien con sus hilarantes definiciones sobre el concepto de casta, no hizo más que confirmar la enorme vigencia del teorema del fallecido Raúl Baglini que establecía que el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder. Milei aún no ha sido electo diputado, pero ya empezó a dar señales de alguna forma de racionalidad política. Sólo basta revisar, Google mediante, qué decía el libertario de la figura del ex presidente boquense.

La otra referente que en la semana tuvo su cuota profundizada de visibilidad política fue la actual presidenta del Pro a nivel nacional Patricia Bullrich. Ninguneada por los dos líderes del espacio, que le negaron la posibilidad concreta de participar de una interna en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con su consiguiente enojo posterior, decidió “caminar” el país en apoyo de los candidatos propios y en su rol de autoridad partidaria.

En ese contexto, fue en la ciudad de Salta que se preguntó si “Cristina Fernández había planificado una cirugía porque no quería estar en el estrado cuando se conozcan los resultados de las elecciones del domingo 14”. Teniendo en cuenta que la razón de ser de la cirugía refería al riesgo de un hipotético tumor maligno que finalmente no fue, la bajeza declarativa de la presidenta de uno de los principales partidos de la oposición, no tiene la más mínima justificación. El “Viva el cáncer” de los 50’, o el “por algo será” de los 70’ se reeditan irremediablemente en pleno siglo XXI, confirmando que la estupidez humana no sabe de rangos políticos, etarios ni de clase. Que ningún dirigente opositor, ni comunicador, ni filósofo o en su defecto humorista devenido en opinador mediático serial, hayan hecho alguna referencia al asunto, muestra que para muchos de estos republicanos de cotillón, la idea del respeto y de cierto declarativo solo valen cuando se trata de los propios.

Más allá de los enojos circunstanciales, el trío Macri – Bullrich – Milei representan parte del mismo fenómeno. El último de ellos expresa la brutalidad visceral de un sector de la Argentina que siempre ha existido (queridos lectores y lectoras, todos tenemos amigos o familiares fascistas y violentos), y los dos primeros en su cercanía, reflejan el intento de una sobrevida (y fortalecimiento) política ante el hipotético e incipiente estrellato de Horacio Rodríguez Larreta.

Esta es la novedad del presente proceso electoral: una fuerza política que llega con sólidas expectativas de alcanzar un triunfo trascendente pero atravesada por una interna que, durante dos años, ha sido lo suficientemente bien resguardada para cumplir con dos objetivos básicos: hacer olvidar el desastre económico y social de la gestión 2015 – 2019 y ser alternativa real de gobierno para 2023. El éxito en lograr esos objetivos dependerá, una vez más, de lo que decida el pueblo argentino en apenas una semana. Y luego, habrá que hacerse cargo.

(*) Analista político de Fundamentar

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Sun, 07 Nov 2021 09:21:52 -0300
Tragedias y farsas https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6569-tragedias-y-farsas https://www.fundamentar.com/articulos/opinion/item/6569-tragedias-y-farsas Tragedias y farsas

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, el genial Karl Marx, reversiona un concepto hegeliano, y afirma que algunos hechos y personajes se repiten dos veces en la historia: como tragedia y como farsa. En la última (y calurosa) semana de octubre, asistimos a un nuevo capítulo de la tensión de esa díada en el protagonismo de Mauricio Macri, que prevalece en su sobrevida política inconmovible frente a fracasos propios y desaires ajenos. Repasemos.

Lo primero que debe analizarse sin rubor, es que en la Argentina nadie puede ser considerado un muerto político si el propio protagonista así no lo desea. Existe una forma de concebir el poder y una manera de practicarlo que aquella experiencia estadounidense que convierte a sus ex presidentes en referencias de un tiempo que pasó, antes que en protagonistas de pleno derechos, resulta, para los argentinos, un método extraño y tan distante como los miles de kilómetros que nos separan con los herederos de la Revolución de té.

Macri cree, y se muestra convencido de ello, que puede “volver” a ser el centro de la escena política argentina. Y ha tomado, pese a la ferocidad con que ha solido criticar (e intentar eliminar) al kirchnerismo, algunos de los hechos y las formas políticas que distinguieron, fundamentalmente, a Cristina Fernández de Kirchner.

Si la ex presidenta utilizó la edición de un libro como hecho político, donde revisaba su gestión de gobierno, pero también su vida personal, recorriendo el país y generando una novedad que le permitía correrse de la centralidad de la campaña de 2019; con “Primer tiempo”, Macri pretendió, repitiendo acciones y formatos, obtener una visibilidad que lo mostrara como un hombre de Estado que nunca fue.

Mientras que “Sinceramente” se editó en un momento donde la figura de su autora se revalorizaba a partir del acuerdo que había sabido tejer con propios y extraños de cara al proceso electoral de 2019, el libro escrito por el ex jefe porteño, apareció en una etapa donde su figura no aportaba novedad de ningún tipo, excepto para su cada vez más reducido núcleo duro de seguidores.

Un segundo fracaso que muestra los límites de Macri vino referenciado en su escaso poder de incidencia en el armado de las listas de diputados y senadores a lo largo y ancho del país. Si se mira con detenimiento, veremos que ninguno de sus candidatos o referentes han prevalecido en aquellos distritos electorales más importantes. No sólo prevaleció la estrategia diseñada por el propio Horacio Rodríguez Larreta para la ciudad y la provincia de Buenos Aires, sino que muchos de sus “armadores” del interior, luego de los resultados de las PASO, han debido conformarse, en un contexto de triunfo de las huestes amarillas, con jugar el rol de acompañantes electorales, a los fines de mostrar una unidad que en los hechos, no existe. Como en el fútbol de nuestros días, los triunfos disimulan errores y ocultan diferencias de grado.

Esta semana que concluyó tuvimos un nuevo capítulo de esta forma de transitar el día después de una presidencia. Autodefinido como un perseguido judicial (¿se animará a hablar de Lawfare?) y luego de intentar evitar la declaración como imputado ante el Juez Martín Bava que lo investiga por el caso del espionaje a los familiares de los 44 marineros del ARA San Juan, imaginó una convocatoria masiva a la ciudad de Dolores que le sirviera como respaldo político. No está nada mal que uno ande por la vida con la autoestima en alza, pero, a veces, si uno la tiene muy arriba puede perder contacto con la realidad. Si, desde el propio macrismo de paladar negro, se hizo circular la versión de que unos 400 colectivos se movilizarían unos 200 kilómetros para recorrer la ruta 2, es porque imaginaban no menos de 30.000 personas apoyando al ex presidente. A quien lo haya supuesto, la realidad lo ubicó en su lugar: en un día laboral y con más 35 grados de temperatura ambiente, unos pocos cientos de manifestantes sirvieron de escenografía para el nuevo intento (fallido) de mostrar a Macri como un líder con respaldo popular.

Más allá de los vericuetos legales y de la causa en sí, el contraste con la primera presentación judicial con Cristina Fernández no puede resultar más evidente, donde, si bien las imágenes hablan por sí solas, lo que separa a ambos actos era, justamente, el día después de cada protagonista. Mientras que el kirchnerismo entendía cabalmente que, una vez salido del poder, se enfrentaría a un tiempo de persecuciones y detenciones ilegales y arbitrarias (cuestión que finalmente sucedió), el macrismo sigue contando como propio a buena parte del Poder Judicial que, ha tenido la fortuna y dicha de compartir una sincronía política que muestra a la Corte menemista como un rejunte de meros principiantes.

Pero en esta cuestión de realizar algunos hechos en sintonía con el kirchnerismo, el ex presidente también sufre en la relación con sus aliados políticos. Si, según el PJ, Cristina era “necesaria” para ganar, desde la mirada del propio Rodríguez Larreta y desde sus aliados radicales, Macri puede resultar totalmente prescindente para 2023. El primero, independiente, por forma de construcción política y de cara a las próximas presidenciales, ya recorre parte del país apoyando a dirigentes cercanos. Una primera pregunta como al pasar: ¿habrán sido casualidad los comentarios del domingo pasado vía redes del intendente rosarino por el tema seguridad, luego de algunas declaraciones del jefe de gobierno porteño que visitó Rosario ese mismo fin de semana?

Los segundos, encarnados en el radicalismo que ha sabido encontrar en Facundo Manes a ese candidato que se anima y puede decir lo que, de alguna manera, resulta prohibido por la conducción del partido; entienden que ha llegado la hora de dar la disputa al interior de Juntos por el Cambio. Por peso específico propio, fundamentado principalmente por su desarrollo territorial, el radicalismo se imagina como un protagonista que ya no sea el furgón de cola de la fuerza amarilla. De alguna forma, las cuentas no le fueron del todo favorables en el proceso: apoyó institucionalmente de manera firme al proceso abierto el 10 de diciembre de 2015, pero poco participó de la toma de decisiones importantes del período, y a la vez, resultando aliados, también pueden haber pagado un costo político por el fracaso de la gestión macrista.

La foto en Dolores incomoda a varios. Por el hecho en sí, no resulta casual que el imputado otra vez aparezca vinculado a escuchas ilegales, teniendo para sí un largo derrotero espiando a familiares y compañeros de ruta política. Junto a esto, el hecho investigado, tiene como punto de lanza una tragedia que ha involucrado a decenas de inocentes (y sus familiares) sobre el cual, buena parte de la indignaditis republicana habitual ha mirado para el costado. Tener a un jefe político (o ex) sentado en el banquillo de los acusados, ante un juez probo, en el medio de un proceso electoral no es la mejor de las imágenes a mostrar. Que la corporación mediática sea cómplice con su ocultamiento, o mitigación de la mirada crítica del asunto, tampoco supone que el riesgo se parezca a un juego de suma cero.

Si alguno celebró el resultado de la chicana judicial que permitió evitar el hecho de tener a Macri sentado frente a un juez dando explicaciones, suponiendo que esa imagen llegaría luego del 14 de noviembre parece hacerse equivocado, ya que la nueva fecha se trasladó al miércoles 3. Aunque debe decirse que, conociendo el historial de la familia Macri en la utilización de recursos del derecho que corren y alargan plazos (el caso Correo Argentino es un excelente ejemplo), no debería sorprendernos algún nuevo artilugio de su abogado para evitar lo que, hoy domingo, parece inexorable.

Pero más allá de las fotos de unidad de ocasión realizadas en la previa, algo que parece forzado y nada natural, la imagen del día del jueves en Dolores marca el presente de soledad política casi absoluta de Macri. La sola presencia de la leal Patricia Bullrich (con quien ha tenido un evidente distanciamiento luego de la capitulación a manos de Rodríguez Larreta en el armado de las listas) sirvió para mitigar la orfandad de un hombre que hasta no hace mucho tiempo escuchaba de manera mucho más continuada el “si Mauricio”.

Y vamos terminando estas líneas con la pregunta y la tarea de cada semana para nuestros queridos lectores y lectoras: ¿cómo puede imaginarse el futuro político del ex presidente?; ¿En la centralidad política o en un ostracismo “mitigado”? Este analista no tiene la respuesta cabal, sino algunas suposiciones que refieren, inexorablemente, al resultado electoral que pueda producirse en las generales que se avecinan, pero fundamentalmente, en el devenir político que se pueda desarrollar hasta 2023 en la Argentina. Pero una cosa es segura: el intento de relegitimarse con métodos imitativos de la pura prosapia K, vienen dando resultados cada vez más evidentes. Diego Capusotto y Pedro Saborido cuentan, de un tiempo a esta parte, con mayor material para sus hilarantes comedias.

(*) Analista político de Fundamentar

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hola@fundamentar.com (Miguel Gómez (*)) Opinión Sun, 31 Oct 2021 16:43:14 -0300