Domingo, 26 Septiembre 2021 12:22

Recalculando

Escrito por Miguel Gómez (*)
Valora este artículo
(5 votos)
Recalculando Tute

La semana del inicio de la primavera 2021, pareció consumirse en un clima de mayor tranquilidad para el gobierno, alejado de las tensiones vividas siete días atrás, y con los flamantes funcionarios tratando de cumplir con la máxima aspiración de cualquier elenco gubernamental que se precie: funcionar.

Apalancado en un grupo de dirigentes con probada experiencia y en un Jefe de Gabinete que tendrá a la “construcción de agenda” en su razón de ser cotidiano, el oficialismo procura dar vuelta la página de la derrota del 12 de setiembre, poniendo proa a las elecciones de noviembre, tratando de ganar centralidad política, ya no con la exclusiva lógica del cortísimo plazo que suponen algo más de las seis semanas que nos distancian de las próximas generales de medio término, sino agregando temáticas en la esfera pública que suponen cuestiones estructurales que podrían mejorar la calidad de vida de la ciudadanía.

La semana comenzó con el anuncio de la ministra de salud Carla Vizzotti (¿la funcionaria con mejor recorrido pandémico?) y el jefe de gabinete Juan Manzur, de que a partir del 1° de octubre los argentinos podríamos andar en la vía pública, cuando no hubiera grandes aglomeraciones, sin el barbijo que tan presente está en nuestras vidas, desde hace más de dieciocho meses a esta parte.

Lo que representa una buena noticia en sí misma, producto de la mejora ostensible en la situación sanitaria a lo largo y ancho del país, con indicadores de contagio de inicios de pandemia, con el logro cercano de la inmunidad de rebaño producto de la masiva e inédita campaña de vacunación, con el ejemplo de hospitales bonaerenses que en algunos días de esta semana no recibieron casos nuevos de Covid; el gobierno nacional fue por un anuncio que, más temprano que tarde, se transformó en un dato que resultó cuestionado no sólo por los extraños, sino también por algunos propios.

Parte de la reacción social inicial, alimentada por las grandes usinas de la corporación mediática argentina, recurrió a la forzada chicana de que sólo bastaba una derrota electoral para dar por terminada la pandemia. Que los voceros de Clarín (que aún no sabe diferenciar 10 semanas de 10 meses), La Nación e Infobae se sumen a esa lógica de esmerilar en lo bueno y malo aquello que el gobierno notifica, es algo que puede esperarse desde el mismísimo momento que el kirchnerismo decidió ir por la discusión de la construcción de sentido que intentan producir las grandes cadenas mediáticas, pero que a eso se sumen funcionarios y dirigentes que se dicen emergentes de los grandes movimientos populares argentinos, es algo que cuesta asimilar del todo.

En ese sentido, en Santa Fe tuvimos varias paradojas. La primera, la de un gobernador que estableció una estratégica alianza política con el dúo Fernández – Fernández, y que no tuvo dudas en decir que en nuestra provincia habrá que esperar para dejar al barbijo de lado en la vía pública. Fenómeno raro el del Estado santafesino que mientras nos dice que debemos tener paciencia, nos propone descuentos de hasta el 40% en gastronomía por la llegada de la primavera, para encerrarnos en bares y restó de todo el territorio provincial.

La segunda paradoja refiere al municipio rosarino, quien, a través de su reconocido secretario de salud, Leonardo Caruana (¿el mejor funcionario local que sobresale de la chatura de sus colegas?), y en un muy medido hilo de tuits, recomendaba algo parecido a la provincia. El punto aquí es que, durante buena parte del tiempo en el que la pandemia nos mostraba su peor cara, su jefe político, el intendente Pablo Javkin, reclamaba aperturas más contundentes en sectores para él estratégicos de la ciudad, como lo es el Paseo Pellegrini.

Se arman mesas en las calzadas, restando lugar para la circulación de vehículos, poniendo en riesgo la salud de los parroquianos que convalidan esta situación para disfrutar de un rato con afectos y a los fines de incrementar los bolsillos de los empresarios que tan mal la pasaron desde marzo de 2020 hasta hace algunos meses; pero circular sin barbijo por la vía pública es un hecho que puede complicar de manera gravosa la pandemia. Un sinsentido por donde se lo mire y que sólo puede ser explicado desde la más elemental especulación política que anida en algunos dirigentes que, cuando ven ciertas reacciones sociales, pero, fundamentalmente corporativas, recurren al viejo dicho marxista: “estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”

Pero más allá de estos detalles también cabe decir que el gobierno nacional parece, otra vez, haber errado el camino de dar a conocer la buena nueva. No tanto por las formas, que tanto costo político le ha traído, sino porque existiendo el Consejo Federal de Salud, espacio donde se reúne el conjunto de gobiernos de todas las provincias (lo harían en esta semana que se inicia), resulta válido preguntarse si no hubiera resultado más provechoso, sin necesidad de llegar a consensos forzados (a veces, no toda política puede explicarse desde esa aspiración), notificar al conjunto de las administraciones subnacionales de la decisión que había tomado el gobierno que conduce Alberto Fernández, evitando así el desaire de algunos gobernadores y, fundamentalmente, el desgaste al que quedó sometida Vizzotti, debiendo efectuar declaraciones que servían para “aclarar”. Tal vez el problema no sea sólo la manifiesta incapacidad del renunciado Juan Pablo Biondi, sino la definición de ciertas prioridades políticas.

De todas maneras, lo que mostró la discusión por el barbijo si o por el barbijo no, refiere a que se discutió a partir de la agenda que impone el gobierno. Algo parecido surge con el flamante proyecto en estudio de Anses que dispone la posibilidad de jubilación anticipada para mujeres y hombres que, estando sin trabajo, a cinco años de la edad límite y con 30 años de aportes, puedan recibir el beneficio si esa persona así lo desea.

Recrea, indudablemente, ciertas políticas que el kirchnerismo supo construir ganando legitimidad en los peores momentos de su vida política. Es seguro que el tema ganará en visibilidad en los próximos días y tal vez (solo tal vez), condicione a la oposición amarilla a dar una opinión sobre un tema que, revisando los antecedentes del comienzo del deterioro de la gestión macrista, no la deja del todo cómoda.

Segunda pregunta insidiosa a los amigos lectores, ¿tiene margen la oposición triunfante de setiembre para decirle a aquellos ciudadanos que, con una edad avanzada para el mercado laboral, sin empleo ni posibilidad de reinserción y habiendo trabajado toda su vida (fenómeno expandido en todas las sociedades occidentales), para decirle al elector que no podría o no debería acceder a ese derecho? El articulista no tiene opinión definitiva. Les dejo la tarea para la semana.

El oficialismo, efectivamente, tiene la obligación, si quiere mejorar su performance de noviembre, de mostrarse mucho más activo, no sólo en la construcción de nuevas agendas que le permita hablar de lo que quiere, sino que en el día a día, debería tener otro diálogo con el electorado. Dicen, los que dicen que saben, que muchos dirigentes no caminaron el territorio para explicar, para escuchar y, en definitiva, para saber qué le anda pasando al vecino del barrio al que la pandemia dejó, como dice la canción de los Redonditos de Ricota, “roto y mal parado”.

La oposición, por su parte, rápida de reflejos, salió a denunciar posibles fraudes que nunca se cumplen. No se termina de entender, porqué el kirchnerismo en particular y el justicialismo en general, se someten a derrotas como las de 2015 y la de hace un par de semanas, si, supuestamente, cuenta (y está dispuesto a aplicarlos) con todos los resortes para la trampa electoral.

Subyacen aquí dos cuestiones dignas de mencionar y que tratan de cómo se entiende la práctica política desde algunos sectores. La primera, refiere a cierto menosprecio por el electorado ya que mucho de lo que se ha escuchado y leído en los últimos días, suponen prácticas clientelares a las cuales el oficialismo recurriría para garantizarse el triunfo de noviembre y sobre las que el ciudadano aceptaría sin tener en cuenta que en el cuarto oscuro es amo y señor de su decisión.  Y la segunda, trata de la visión rígida e inalterable que se tiene de los climas y contextos políticos que, supuestamente, no podrían ser modificados por la acción de los hombres.

No hablamos del deterioro institucional que supone que en un club de barrio o de una cooperadora escolar, donde, por ejemplo, sobre un total de cinco personas, dos no votaron y de los otros tres, dos lo hicieron por sí mismos (cualquier parecido con alguna Corte de por allí es mera coincidencia), sino de millones de ciudadanos que no sufragaron, que no sabemos qué representan ni por quienes se sienten interpelados y de varios millones más que, si han querido dar una señal al oficialismo, tal vez, con acción y claridad gubernamental, ciertas diferencias, al menos puedan acortarse.

El gobierno de Alberto Fernández puso norte al 14 de noviembre. Cualquier decisión que tome (o no) será relacionada con el contexto electoral. Eso no es ninguna novedad y pueden ser acusado de ello todos los oficialismos que pretendan “renovar contratos” con su electorado. Parece haber empezado por algunas cosas urgentes (aumento del Salario Mínimo, Vital y Móvil), pero también por algunas medidas más estructurales como las que hemos comentado aquí y como la incorporación de más de ochocientos científicos al Conicet.

Tal vez se haya entendido que más allá de la importancia sobre lo que suceda en seis semanas, nada termina allí, quedando dos años más de gestión y una serie de promesas por cumplir. Enhorabuena que nadie crea que algo finaliza en noviembre.

(*) Analista político de Fundamentar - @miguelhergomez

Inicia sesión para enviar comentarios